ApostoladoComunicado

SOLEMNIDAD CORPUS CHRISTI

«Cuando miras a la Eucaristía, comprendes cuánto te ama hoy».
Santa Teresa de Calcuta.

El Corpus Christi, es una fiesta que subraya el hecho prodigioso de la Encarnación. Realmente Cristo tuvo un cuerpo que fue instrumento de nuestra salvación, y lo sigue siendo.

La fiesta del Cuerpo de Cristo, se traslada en muchos sitios para el próximo domingo, para que tenga el realce que se merece. Es una fiesta que se refiere naturalmente a la Eucaristía (que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo).

Celebramos y con alegría el que Jesús nos haya regalado este sacramento de la Eucaristía. Así cumple Él la promesa hecha de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Hay que detenerse y darle tiempo a este pensamiento: Dios está presente entre nosotros y yo me lo puedo encontrar realmente; Dios no es un Dios lejano a miles de kilómetros y miles de galaxias. Está aquí en nuestra ciudad, a unas pocas cuadras de mi casa, y puedo tener un encuentro con Él siempre que yo quiera.

Eucaristía, presencia de Dios, alimento de nuestra vida, locura del amor de Jesús, que ha querido ser personalmente el alimento de nuestra existencia, nuestro consolador, nuestro apoyo y nuestro amigo.

Pero es notable la insistencia que da la Iglesia a destacar en esta celebración lo del Cuerpo de Cristo, subrayando lo material de Jesucristo, su carne, en realidad su Cuerpo y su Sangre. El mismo Jesús había insistido en este aspecto ¨material¨ de su realidad, insistiendo en que hay que ¨comer su carne¨ (Jn 6, 53); y al narrar su Encarnación se destaca lo mismo en el Evangelio de San Juan ¨El Verbo se hizo carne¨. (Jn 1,14).

¡Qué admirable es que subraye en esta fiesta la importancia del Cuerpo! Es bueno que meditemos en la importancia del Cuerpo de Cristo, y en la importancia del nuestro.

El cuerpo es al fin y al cabo un libro abierto de nuestra vida. En el de Cristo han quedado grabadas las escenas de su vida. En Él han quedado para siempre las huellas, las llagas, lo que hizo por entregarse a nosotros. En su cuerpo se grabaron las espinas, y los azotes, el cansancio. Y además de ser un libro donde se han escrito los hechos de su vida, su Cuerpo es el reflejo de su espíritu: su vitalidad, su bondad, la profundidad de su espíritu, su preocupación por los hombres; todo esto se reflejaba en su forma de mirar, en el tono de su voz, en la expresión de su boca, Esto es en resumen lo que es el Cuerpo de Cristo y lo queremos celebrar con alegría.

Pero también es bueno que pensemos en nuestro propio cuerpo, el compañero donde se han ido marcando las etapas importantes de nuestra existencia; casi podríamos también decir que nuestro cuerpo es el libro de nuestra vida, nuestra biografía: las cicatrices de una enfermedad, cuántos recuerdos de angustia han quedado como arrugas de nuestro rostro: al mirar el rostro de un padre podríamos leer las preocupaciones por sus hijos, y en sus canas el esfuerzo con que ha enfrentado la vida para sacar adelante a la familia y superar los obstáculos de todos los días. El cuerpo se ha ido quedando marcado con este tatuaje. El cuerpo ha sido el mirador de nuestras alegrías, y el instrumento que ha experimentado los sufrimientos. Toda nuestra vida, lo mejor de nosotros, está señalado en ese compañero, que a veces no apreciamos. Y nuestra alma está unida a nuestro cuerpo y se expresa a través de él: lo que llevamos dentro lo comunicamos por este cuerpo que es parte tan importante de nosotros mismos.

Y para este cuerpo nuestro, santuario de nuestro espíritu, viene el Cuerpo de Cristo para ser alimento, fortaleza, sostén. El Cuerpo de Cristo se nos da realmente, aunque bajo las apariencias de pan y de vino, y se nos da porque Él personalmente quiere renovar nuestro interior, entrando como comida y como bebida.

Jesús, Pan de vida eterna, ha bajado del cielo gracias a la fe de María Santísima. Después de haberle llevado en su seno con inefable amor, siguió fielmente al Verbo encarnado hasta la cruz y la resurrección.

Finalmente, Al darle gracias al Señor por el milagro de su Cuerpo y de su Sangre, démosle gracias también por nuestro propio cuerpo y por nuestra propia sangre.

«Quien recibe con fe el Cuerpo de Cristo se une íntimamente a Él, y en Él, a Dios Padre, en el amor del Espíritu Santo. Dios en el hombre, el hombre en Dios».

San Juan Pablo II

Lic. Manuel Díaz.
Departamento Espiritualidad
Consejo Central

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