Es necesario reconocer la raíz humana de la crisis ecológica. Propongo que nos detengamos en el paradigma tecnocrático dominante y en el lugar del ser humano y de su acción en el mundo.

La tecnociencia bien orientada puede mejorar la calidad de vida del ser humano, pero estos conocimientos científicos y, sobre todo, el poder económico para utilizarlos está en manos de muy pocas personas que tienen, de este modo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Esto supone un riesgo tremendo.

LA TECNOCIENCIA COMO IDEOLOGÍA

El problema fundamental es, sin embargo, más profundo. El ser humano ha asumido la tecnología y su desarrollo como un paradigma homogéneo y universal. De este modo se ha considerado la naturaleza como algo informe y totalmente disponible para su manipulación. Esto ha llevado a la idea de un crecimiento ilimitado que supone la mentira de una disponibilidad infinita de los bienes del planeta.

La metodología y los objetivos de la tecnociencia se han convertido así en una cosmovisión que condiciona la vida de las personas y el funcionamiento de la sociedad. Esto ha vuelto contracultural elegir un estilo de vida con objetivos que puedan ser, al menos en parte, independientes de la técnica y de su poder globalizador y masificador.

Por otra parte, la economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano.

Además, la especialización propia de la tecnología dificulta grandemente una visión de conjunto. Esto tiene como consecuencia una enorme dificultad para ofrecer soluciones globales. Por eso tampoco pueden reconocerse verdaderos horizontes éticos de referencia.

NECESIDAD DE AMPLIAR HORIZONTES

La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Es necesaria una mirada distinta, ampliar horizontes.

Por otra parte, la gente ha dejado de confiar en un mañana mejor. No obstante, tampoco se imagina renunciando a las posibilidades que ofrece la tecnología. Vivimos, además, acelerados y resulta difícil recuperar la profundidad de la vida.

Es necesaria una valiente revolución cultural. Recoger los avances positivos y sostenibles y, a la vez, recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano.

ANTROPOCENTRISMO DESHUMANIZANTE

El antropocentrismo moderno ha colocado la razón técnica sobre la realidad. Una presentación inadecuada de la antropología cristiana ha contribuido a ello, como si el cuidado de la naturaleza fuera cosa de débiles. Que el hombre sea “señor” del universo no puede interpretarse como dominio despótico, sino como responsabilidad.

Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la base misma de su existencia se desmorona.

Dado que todo está relacionado, tampoco es compatible la defensa de la naturaleza con la justificación del aborto.
Cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se vuelve relativo.

Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados o de pieles de animales en vías de extinción?

EL TRABAJO ES UNA REALIDAD HUMANA, NO SÓLO ECONÓMICA

Cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure.

El trabajo es una necesidad, parte del sentido de la vida en esta tierra, camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal. En este sentido, ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo.

Para que ello sea posible, es imperioso promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. De hecho, existe una gran variedad de sistemas alimentarios campesinos que sigue alimentando a la mayor parte de la población mundial con un gasto mucho menor de territorio y de agua. Una libertad económica solo proclamada deteriora el acceso al trabajo y deja fuera a la mayoría.

LA INVESTIGACIÓN

El Catecismo enseña que las experimentaciones con animales sólo son legítimas «si se mantienen en límites razonables y contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas».

No sería legítimo frenar la investigación, pero sí poner límites éticos a una actividad humana que es una forma de poder que tiene muchos riesgos.

Es difícil emitir un juicio general sobre el desarrollo de organismos genéticamente modificados (OMG). De hecho, las mutaciones genéticas también se dan en la naturaleza de forma espontánea. Pero en la naturaleza estos procesos son muy lentos.
Se debería investigar de forma libre e interdisciplinar acerca del daño que pueden causar los cereales transgénicos a los seres humanos.

Por otra parte, es preocupante que, cuando algunos movimientos ecologistas reclaman ciertos límites a la investigación científica, no apliquen estos mismos principios a la vida humana.

Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo.

DESCRAGA EL DOCUMENTO PDF AQUÍ

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *